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Avion Militar

Vacaciones bajo el socialismo: cuando viajar era un privilegio, no una elección

Si hoy decides irte de vacaciones, abres unas cuantas pestañas en el navegador, haces clic varias veces y, en cuestión de minutos, dudas entre Bali, las Islas Canarias o “solo” Croacia. Esta libertad de elección parece tan natural que cuesta imaginar que no siempre fue así. Sin embargo, bajo el socialismo, las vacaciones no eran una cuestión de preferencias personales, sino una mezcla de suerte, contactos, valentía y la capacidad de resistir colas de varios días para casi cualquier trámite. Desde conseguir un viaje hasta obtener una promesa de cambio de divisas.

El extranjero no era completamente inaccesible, pero tampoco era libre. No se viajaba “adonde uno quería”, sino “adonde le dejaban”. Y casi siempre en condiciones que hoy harían que más de uno optara por quedarse en casa, o resignarse a la clásica frase: “Este año, otra vez Mácháč”.

Un descanso planificado como un plan quinquenal

Oficialmente, el ocio tenía un objetivo claro: regenerar la fuerza laboral. En la práctica, significaba casas de empresa, actividades organizadas por la ROH, campamentos de pioneros y, con suerte, una estancia junto al mar cada varios años. Las vacaciones nacionales seguían un guion casi invariable: los Tatras, Orlík, Slapy, presas, cabañas, campings atestados, duchas dudosas y la omnipresente tienda de campaña con colchón inflable. Todo ello acompañado de una curiosa mezcla de camaradería forzada y resignación colectiva.

Pero algunos querían más. Querían ver mundo. Y ahí comenzaba la verdadera aventura.

Mar sí, pero en aguas “amigas”

Olvídense de Italia o Grecia. Para la mayoría, Europa Occidental era más un concepto del atlas que un destino real. Bulgaria, Rumanía o, en los mejores tiempos, Yugoslavia, eran nuestro particular Caribe. Viajes en autobús interminables, hoteles de hormigón, comedores colectivos y menús donde el punto culminante era un escalope con ensalada de tomate. Aun así, para muchos fue el viaje de su vida: mar salado, paisaje distinto y la sensación de haber cruzado una frontera, aunque fuera ideológica.

Yugoslavia merecía un capítulo aparte. Mar cristalino, pinos, calor… y “occidentales” acampados al lado. Nosotros, con caravanas cargadas de patés, latas y sopas instantáneas, porque gastar dinero en restaurantes locales era impensable cuando el Estado apenas permitía cambiar divisas para unos cuantos helados. No es de extrañar que surgiera el apodo despectivo de “pateros”. No por falta de ganas, sino por falta de medios.

Pasaportes, sospechas y permisos para soñar

Viajar no era solo cuestión de comprar un billete. Primero había que conseguir un pasaporte, algo lejos de ser automático. Luego venía la temida promesa de cambio de divisas: el permiso oficial para convertir coronas en moneda extranjera. Sin ella, uno podía aspirar, como mucho, a una excursión a Budapest para comer gulash.

Una comisión evaluaba quién eras, a qué te dedicabas y, sobre todo, si eras ideológicamente fiable. Tener familiares emigrados era casi una sentencia. En cambio, el carnet del partido, las buenas referencias y el silencio conveniente ayudaban. Quien superaba el examen recibía, quizá, un pasaporte gris válido solo para Yugoslavia. Hoy suena absurdo. Entonces, era literalmente un billete a otro mundo.

El “todo incluido” del bloque del Este

Alemania Oriental, Hungría, Polonia, Bulgaria o Rumanía eran destinos seguros. Viajar allí era más sencillo, pero nunca realmente libre. La Unión Soviética representaba el extremo: viajes estrictamente organizados, itinerarios cerrados y una sospecha permanente hacia cualquier intento de independencia. El programa incluía el Kremlin, Leningrado, el Mar Negro… y, sobre todo, interminables exposiciones de los logros de la economía socialista. Uno iba a descansar y terminaba fingiendo entusiasmo frente a una cosechadora.

Turismo actual: clics, comparaciones y exceso de opciones

Hoy, la diferencia es abismal. Desde la comodidad del sofá, podemos comparar precios, leer reseñas, reservar vuelos y hoteles en cuestión de minutos. Tenemos mapas interactivos, fotos, vídeos, influencers que nos muestran cada rincón del mundo y alertas de última hora que nos permiten cambiar de destino sobre la marcha. Lo que antes requería permisos, paciencia y contactos ahora se reduce a unos cuantos clics y tarjetas de crédito. Incluso destinos remotos están al alcance de cualquiera que tenga acceso a Internet.

Sin embargo, esta libertad trae su propio dilema: la sobreoferta de opciones genera ansiedad, comparaciones constantes y la sensación de que ningún destino es “suficientemente especial”. Curiosamente, hemos ganado libertad, pero también hemos perdido la magia que tenía el viaje como privilegio: aquel entusiasmo por cruzar fronteras que no se daban por sentadas y la emoción de descubrir un mundo que parecía lejano e inaccesible.

Hoy viajamos más, pero quizá no valoramos tanto cada kilómetro recorrido como lo hacían aquellos que, bajo el socialismo, necesitaban un pasaporte gris, paciencia y un par de contactos confiables para simplemente ver el mar.

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