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Dinero

¿Servicio con desaprobación? Comer en Praga y sentir que el cliente estorba

Pedir arroz con frijoles puede convertirse en un acto de rebeldía cultural en la República Checa.

Un mal servicio al cliente o una opinión no solicitada sobre tus gustos gastronómicos ya forma parte del paisaje cotidiano en Praga. Lo curioso es que no siempre ocurre donde uno lo esperaría. Hoy es perfectamente normal encontrar restaurantes mexicanos o venezolanos en la ciudad, donde se sirven frijoles con arroz sin levantar cejas. Incluso el checo de a pie los comerá sin hacer ningún comentario.

Pero la escena cambia radicalmente en un restaurante de comida checa tradicional.

En estos locales, los frijoles o las lentejas suelen considerarse simples guarniciones: un acompañamiento para un huevo, una salchicha o un trozo de cerdo. Si a un comensal —especialmente extranjero— se le ocurre pedir arroz para completar el plato, la reacción puede ser tan teatral como incómoda: la mesera deja caer el plato con evidente molestia, trae el arroz en un cuenco aparte y, antes de marcharse indignada, sentencia: “Así no se comen los frijoles ni las lentejas”. Fin de la lección. Fin del servicio. Fin de la idea de que el cliente tiene razón.

Bienvenido a Praga.

El cliente nunca tiene la razón

Para muchos extranjeros que viven en la República Checa, el choque no es solo cultural, sino emocional. Venimos de países donde el servicio al cliente es casi una religión, donde el camarero sonríe aunque no tenga ganas y donde el lema “el cliente siempre tiene la razón” se repite como un mantra.

Aquí, en cambio, el servicio suele transmitirte otra idea: estás aquí porque yo te lo permito.

Y lo más llamativo es que esta actitud no parece molestar a los clientes locales. El nivel del servicio se acepta como norma. No hay quejas, no hay reclamos, no hay drama. Los checos esperan. Siempre esperan.

Colas, silencio y resignación

En el supermercado, por ejemplo, una larga fila frente a una sola caja abierta no provoca protestas. Nadie pide que se abra otra. En un taller mecánico, un simple cambio de aceite puede llevar todo el día, y el cliente asume que así son las cosas. Esperar no es una molestia: es parte del trato.

Esta normalización del mal servicio sorprende especialmente a los expatriados, que suelen desahogarse en foros y redes sociales compartiendo experiencias que rozan lo surrealista. Historias de camareros groseros, dependientes que ignoran al cliente o restaurantes donde una mínima queja se vive como una ofensa personal.

Un caso célebre en estos círculos es el de dos extranjeros expulsados de un restaurante tailandés en el centro de Praga por protestar —educadamente— porque los habían sentado junto al baño cuando había mesas libres. Según relatan, el camarero los insultó mientras otros empleados observaban y reían. Una escena difícil de imaginar en otras capitales europeas.

¿Un legado del comunismo?

La explicación más recurrente —y la más cómoda— es el comunismo. Tanto checos como extranjeros recurren a él para justificar décadas de mala atención al cliente. La teoría sostiene que, durante cuarenta años, no tenía sentido esforzarse por agradar: no había competencia, no había opciones y el cliente no podía “irse a otro lado”.

En aquel sistema, la relación estaba invertida. Era el cliente quien debía ser amable con el comerciante, porque quizá así conseguiría algo mejor “debajo del mostrador”. El poder no estaba en el consumidor, sino en quien despachaba.

Han pasado más de treinta años desde el fin del régimen, pero ciertas actitudes parecen haberse quedado.

¿Se puede cambiar algo?

La pregunta final es inevitable: ¿se puede hacer algo al respecto?

Probablemente sí, pero no será rápido. El cambio no vendrá solo de los extranjeros que se quejan, sino de una transformación más profunda en la cultura del servicio, impulsada por la competencia, el turismo y las nuevas generaciones. En zonas muy turísticas de Praga ya se percibe una mejora, aunque a veces forzada y poco natural.

Mientras tanto, el extranjero aprende una lección esencial para sobrevivir aquí: no tomarse el mal servicio como algo personal, respirar hondo… y aceptar que, en algunos lugares, pedir arroz con frijoles sigue siendo un acto revolucionario.

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