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La fe bajo sospecha: ortodoxia, geopolítica y seguridad en la Chequia de 2026

Un cambio de percepción desde el inicio de la guerra

Desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania, la percepción de la Iglesia ortodoxa en la República Checa ha cambiado de forma notable. Lo que durante décadas fue una confesión minoritaria con escasa visibilidad pública pasó a situarse en el centro de debates de seguridad nacional, identidad europea y libertad religiosa. Expertos de la Academia de Ciencias de la República Checa advirtieron ya en estudios recientes que ciertas estructuras ortodoxas podrían convertirse en una “quinta columna” de intereses rusos, no tanto por la fe de sus fieles —mayoritariamente contrarios a la política imperial de Moscú— sino por la orientación de parte de su liderazgo y sus vínculos institucionales.

Riesgos estructurales y económicos señalados por los expertos

El análisis académico describió el origen y la evolución de la ortodoxia en el país, señalando que su influencia se ve amplificada por activos económicos significativos y por la participación de algunos entornos en actividades ilegales. Se mencionaron riesgos asociados a transporte transfronterizo de personas, fraude laboral, suplantación de identidad o transferencias patrimoniales opacas. Para los autores, algunas comunidades representan un riesgo a largo plazo debido a su poder social y a sus conexiones políticas, una advertencia que durante años pasó desapercibida mientras otros debates sobre extremismo dominaban la agenda pública.

El giro de los servicios de inteligencia

Paradójicamente, los informes sobre extremismo del Ministerio del Interior no mencionaron durante mucho tiempo a la ortodoxia. Fue recién en el informe anual de 2024 del Servicio de Información de Seguridad (BIS) cuando apareció de forma explícita. El servicio señaló que la Iglesia Ortodoxa Rusa presente en el país mantenía lealtad al poder estatal ruso y al patriarca Kirill, cercano al presidente Vladimir Putin y a su narrativa sobre la guerra. Este alineamiento motivó sanciones checas en 2023 y reforzó el escrutinio público.

Episodios de seguridad y casos concretos

Los temores no fueron solo teóricos. El BIS describió como riesgo de seguridad los encuentros de 2022 en la Iglesia de San Pedro y San Pablo, donde agentes del GRU se habrían reunido bajo protección del clérigo Nikolai Lischenyuk para planificar acciones contra otro país europeo. Tras el caso, el religioso perdió su residencia y abandonó el país. Moscú nombró después al metropolitano Hilarión como figura relevante, lo que reforzó la percepción de continuidad institucional con el Patriarcado de Moscú.

Demografía, migración y cisma ortodoxo

El crecimiento de la ortodoxia también tiene una dimensión demográfica. Según el censo de 2021, cerca de 41.000 personas se declararon ortodoxas, convirtiéndola en la segunda confesión religiosa del país, cifra que aumentó tras la llegada de refugiados por la guerra. La migración reforzó tanto a comunidades ucranianas como a la red vinculada a Rusia, generando tensiones internas entre “nuevos” y “viejos” fieles y reflejando el cisma global surgido tras la separación de la Iglesia ucraniana del Patriarcado de Moscú en 2018.

Respuesta institucional y política

La preocupación política se tradujo en acciones institucionales. En agosto de 2024, la comisión de seguridad del Senado, presidida entonces por Pavel Fischer, solicitó investigar el posible uso de iglesias para operaciones de influencia. Se pidió al ministro del Interior Vít Rakušan que examinara actividades potencialmente delictivas en estructuras vinculadas tanto a la Iglesia rusa como a la Iglesia Ortodoxa de las Tierras Checas y Eslovaquia, oficialmente independiente pero considerada susceptible a influencias externas.

Influencia del contexto ucraniano en el debate checo

El contexto europeo reforzó estas sospechas. En Ucrania, el SBU abrió desde 2022 más de cien procesos contra clérigos acusados de colaborar con intereses rusos, mientras la Verjovna Rada aprobó legislación para restringir organizaciones religiosas vinculadas a Moscú, una dinámica que influyó en el debate checo. Episodios como la controvertida reunión de 2024 en la Iglesia de los Santos Cirilo y Metodio alimentaron dudas sobre gobernanza interna y gestión patrimonial.

La política de Babiš y la relación histórica con las iglesias

En paralelo, la política checa ha mantenido históricamente una relación pragmática con las iglesias. Durante su primer mandato (2017-2021), Andrej Babiš impulsó gravar las compensaciones por restitución de bienes eclesiales, subrayando su enfoque financiero más que religioso. Su gobierno, apoyado entonces por fuerzas de izquierda, trató a las iglesias como actores patrimoniales relevantes, no como pilares ideológicos.

El segundo mandato y el nuevo contexto geopolítico

Sin embargo, el contexto geopolítico transformó el debate. Tras su regreso al poder en diciembre de 2025, Babiš formó un ejecutivo con fuerzas euroescépticas y próximas a posiciones del líder húngaro Viktor Orbán, mientras reducía el apoyo financiero a Ucrania y adoptaba una línea más crítica con la política europea. Aun así, su gobierno mantuvo el escrutinio sobre la influencia rusa en estructuras religiosas, explorando sanciones individuales, posibles retiradas de privilegios legales y la investigación de actividades económicas de diócesis ortodoxas.

Una sociedad secular ante un desafío de seguridad

El resultado es un escenario paradójico: una sociedad profundamente secular, donde la religión tiene escasa influencia electoral, observa a la ortodoxia no tanto como actor espiritual sino como posible vector geopolítico. La suspensión temporal de la iglesia ortodoxa del consejo ecuménico y los problemas financieros de algunas diócesis reflejan esa presión institucional, mientras el Estado insiste en que no se trata de limitar la fe sino de reducir la injerencia extranjera.

Debate cultural y moral en Europa

Más allá de la seguridad, la cuestión abre un debate cultural más profundo. Europa enfrenta simultáneamente la erosión de la práctica religiosa —especialmente católica— y el temor a que actores externos instrumentalicen identidades espirituales. En países más practicantes como Polonia o Ucrania la religión sigue siendo un elemento central de cohesión social; en Chequia, en cambio, la discusión gira en torno a la preservación de valores cívicos en una sociedad laica. Defender la libertad religiosa sin renunciar a la seguridad se ha convertido en un equilibrio delicado.

Cierre: fe, poder y el futuro del equilibrio democrático

El cierre de este debate en 2026 no es definitivo. La política de Babiš ilustra la ambigüedad del momento: escepticismo hacia la ayuda a Kiev y simultáneamente vigilancia frente a la influencia del Kremlin en instituciones religiosas. La ortodoxia, minoritaria pero simbólicamente cargada, se encuentra así en el cruce de tres fuerzas —fe, geopolítica y seguridad— que seguirán definiendo la conversación pública checa. La cuestión de fondo no es solo si una iglesia puede ser un instrumento de poder, sino cómo una sociedad secular decide proteger su libertad sin perder su pluralismo.

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