El pesimismo amenaza el futuro económico de Chequia
Un nuevo modelo económico desarrollado por Martin Borovička y sus colegas revela una conclusión inquietante: cuando hogares y empresas sobrestiman la probabilidad de escenarios adversos, la economía se frena incluso sin crisis reales. El consumo cae, la inversión se paraliza y el empleo se debilita. Dicho de otro modo, la pérdida colectiva de fe en el futuro puede empujar a un país a la recesión.
Pesimismo checo: señales de alarma
Aplicado a la realidad checa, el modelo ofrece una lectura preocupante. La República Checa es un país que tiende a ver el vaso medio vacío. Un dato especialmente revelador proviene de las pruebas PISA 2022: solo la mitad de los estudiantes de 15 años cree que esforzarse vale la pena. La otra mitad asume que su capacidad es fija y que el futuro no depende de su trabajo.
Las implicaciones económicas son claras. Una sociedad que no cree en el valor del esfuerzo invierte menos en educación, emprendimiento e innovación; consume menos y toma menos riesgos. Esa actitud se convierte en una profecía autocumplida: el país crece menos no porque no pueda, sino porque deja de intentarlo.
Mentalidad de crecimiento: el factor que falta
La psicología lleva décadas señalando un elemento clave para el éxito: la mentalidad de crecimiento. Según la psicóloga Carol Dweck, las personas que creen que las habilidades pueden desarrollarse —y no están predeterminadas— obtienen mejores resultados tanto en la escuela como en la vida profesional.
Si la mitad de los niños checos carece de esta mentalidad, el país enfrenta un riesgo estratégico. Una economía del conocimiento no se construye con jóvenes que creen que su esfuerzo no sirve para nada.
La economía como espejo del estado de ánimo
El modelo de Borovička añade una dimensión más profunda: el rendimiento económico es un reflejo del estado emocional de la sociedad. Cuando predomina la visión de que “nada saldrá bien”, el crecimiento se estanca, el desempleo sube y la innovación se ralentiza. No por falta de talento, sino porque se baja los brazos antes de comenzar.
Chequia vive un momento decisivo: debe pasar de ser una economía de montaje a una economía basada en el conocimiento. Y ese salto no depende solo de fábricas o de inversión extranjera, sino de la confianza colectiva en la capacidad de progresar.
Países como Finlandia o Estonia lo han entendido bien. Desde hace años integran la resiliencia y la mentalidad de crecimiento en su sistema educativo, y hoy destacan en innovación, digitalización y competitividad.
Tres caminos para cambiar el rumbo
Expertos en educación y economía coinciden en que revertir esta tendencia es posible. Requiere un esfuerzo coordinado en tres frentes:
1. Reforzar la mentalidad de crecimiento desde la escuela
La educación debe enseñar que los errores son parte del aprendizaje y que las habilidades se desarrollan con práctica y persistencia. Identificar fortalezas, trabajar en ellas y normalizar el desafío debe ser parte del currículo básico.
2. Un discurso público que resalte oportunidades reales
Medios y políticos suelen alimentar el miedo, la desconfianza y la pasividad. Se necesitan más historias de éxito, innovación y superación. No se trata de optimismo ingenuo, sino de mostrar posibilidades basadas en hechos y análisis serios.
3. Apoyar el emprendimiento como norma, no como excepción
El Estado puede generar un clima favorable a la iniciativa individual sin recurrir a subvenciones excesivas. Bastan reglas claras para los fondos de pensiones —clave para el capital de riesgo—, marcos modernos para las acciones de empleados y una política fiscal que realmente incentive a los municipios a atraer inversiones e innovación.
Cambiar la mente para cambiar la economía
El crecimiento económico no empieza en las fábricas, sino en la mentalidad colectiva. Si Chequia quiere prosperar en las próximas décadas, debe comenzar por reconstruir su confianza en el futuro. La fe en la capacidad de mejorar no es romanticismo: es un motor económico.
