El circo diplomático de Ankara: Cuando el ego político supera los intereses de Chequia
La reciente cumbre de la OTAN en Turquía no será recordada por las trascendentales decisiones de seguridad, sino por el bochornoso espectáculo de desunión ofrecido por la cúpula política checa. Mientras el primer ministro Andrej Babiš y el presidente Petr Pavel se disputan el protagonismo, es el prestigio de la República Checa el que sale malparado.
La diplomacia suele ser un ejercicio de sutileza, protocolos y mensajes unificados. Sin embargo, en la República Checa, la política exterior se ha convertido en un „reality show“ donde los líderes parecen más preocupados por quién ocupa la silla principal que por cómo defender los intereses del país ante la Alianza Atlántica.
El último capítulo de esta tragicomedia se escribió en Ankara. La disputa sobre quién debía asistir a la cena informal de líderes de la OTAN —con un primer ministro Babiš intentando cerrar la puerta al presidente Pavel, y un Fiala (desde la oposición) aprovechando la ocasión para lanzar dardos en redes sociales— es una muestra de la infantilización de nuestra política exterior.
El error de Ankara: ¿Quién lidera la delegación?
La insistencia del entorno de Babiš y de Petr Macinka (Motoristé) en cuestionar la legitimidad de la presencia del presidente Pavel rozó lo ridículo. Que un jefe de Estado —exmilitar y exjefe del Comité Militar de la OTAN, nada menos— tenga que aclarar que su presencia en una cena responde a una invitación personal del presidente Erdogan, subraya el absurdo de la situación.
El Gobierno, en su afán de marcar territorio, olvidó una regla de oro: en el escenario internacional, la desunión interna proyecta debilidad. Si el objetivo de la delegación era proyectar una imagen de país comprometido que asume su responsabilidad en defensa, ¿qué mensaje enviamos cuando el primer ministro y el presidente actúan como si fueran actores de dos países rivales?
El despegue de la realidad
Más allá del conflicto de egos, el discurso del presidente Pavel en Ankara puso el dedo en la llaga. Su crítica sobre el „falso sentimiento de seguridad“ de los checos es un baño de realidad necesario. Mientras Babiš se ocupa de si Trump lo recordará o si le dará un „repaso“ por no cumplir con los presupuestos de defensa, el presidente Pavel articula una visión más sobria sobre la necesidad de que Europa tome el control de su propia seguridad en la era del „nuevo estilo“ de Trump.
La tragedia de las prioridades
Lo más alarmante de esta cumbre no ha sido la falta de coordinación, sino la normalización de la misma. A los aliados de la OTAN les resulta indiferente quién se sienta al frente o atrás en una mesa; lo que les preocupa es la fiabilidad de un socio que parece más interesado en sus rencillas domésticas que en la arquitectura de seguridad europea.
El primer ministro Babiš tiene razón en una cosa: Chequia probablemente reciba un „cepillazo“ por sus incumplimientos en defensa. Pero si la delegación checa se presenta en Ankara como una casa dividida, con un presidente al que intentan ningunear y un primer ministro que busca validación externa en lugar de unidad interna, el „kartáč“ (cepillazo) será bien merecido.
Es hora de que nuestra clase política entienda que la política exterior no es una extensión de la campaña electoral. En Ankara, todos —Babiš, Pavel y aquellos que los critican desde la retaguardia— han contribuido a que la República Checa parezca, ante los ojos del mundo, una nación que aún no ha aprendido a gestionar su propia casa. Al final, como bien señaló Fiala, quizás nadie se haya ponido en evidencia más que ellos mismos.
