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Ucrania

Los checos y el arte del turismo indomable

Si usted viaja este verano, abra bien los ojos. En cualquier playa del Mediterráneo, en un sendero de los Alpes o en una remota isla del Pacífico, se cruzará con tres sospechosos habituales: un estadounidense con una cámara más grande que su cabeza, un ruso con cara de pocos amigos y un tipo con sandalias, calcetines blancos y una mochila llena de bocadillos de filete empanado (řízek). Este último es el checo.

A simple vista, si uno mira un mapamundi, la República Checa parece una mancha diminuta al lado de superpotencias como Estados Unidos. Sin embargo, los checos tienen una perspectiva única de la geografía: cuando abren un mapa de la República Checa, ¡Estados Unidos ni siquiera aparece! Así que, técnicamente, ellos juegan en casa donde quieran.

La capacidad de este pueblo para sobrevivir en el extranjero no se basa en el dinero ni en el poder militar, sino en una combinación letal de pragmatismo extremo, picaresca y un sentido del humor tan negro que podría cortar el bacalao.

Para entender al turista checo, hay que analizar sus tres grandes superpoderes:

1. La resolución simple de problemas

Mientras un ingeniero alemán gasta millones en diseñar un „lensoscopio“ para mirar el universo, y un ruso presume de un „hidroscopio“ de cristal para ver el fondo del mar, el checo llega, pone un trozo de vidrio plano en el marco de una casa y dice: «Miren, inventé la ventana, sirve para ver a través de las paredes». Les gusta lo simple. Si funciona y es barato, es perfecto.

Esa misma lógica la aplican a la diplomacia internacional en condiciones extremas. Imaginen que una tribu caníbal los captura junto a un estadounidense y un ruso, y los amenazan con convertirlos en canoas tras concederles un último deseo. El estadounidense pedirá pollo de KFC; el ruso, vodka. ¿Y el checo? El checo pide un tenedor, empieza a apuñalarse todo el cuerpo y grita: «¡Hagan lo que quieran, pero no seré una canoa!». Pueden perder, pero siempre bajo sus propios términos y fastidiándole el plan al enemigo.

2. Inmunidad y adaptabilidad extrema

El turista checo no le teme a las incomodidades; de hecho, parece inmunizado contra cualquier crisis. Si los meten en una apuesta para ver quién aguanta más dentro de una caja de hormigas amarillas, el ruso saldrá a los 30 segundos y el estadounidense al minuto, devorados por las picaduras. El checo saldrá a las cinco horas, impecable, explicando con total naturalidad: «Es que maté a la reina y todas se fueron al funeral». Sabotean el sistema desde dentro.

¿Andar cortos de presupuesto? Si los encierran en un contenedor de basura, el ruso y el estadounidense huirán horrorizados por el olor en cuestión de minutos. El checo se quedará allí un año y 340 días. Y cuando vayan a rescatarlo, asomará la cabeza indignado para decir: «¡Váyanse de aquí, que yo vivo aquí!». Se adaptan a la escasez de una forma que roza lo místico. Suelen quejarse de que las leyes de su propio país son malas, pero cuando los extranjeros les preguntan cómo pueden vivir así, simplemente se encogen de hombros y responden: «¡Es que nos importan un bledo!».

3. El descaro para salir ilesos

El turista checo tiene la extraña habilidad de salir indemne de los lugares más peligrosos del planeta, a menudo por puro descaro. Cuenta la leyenda que un estadounidense, un ruso y un checo entraron en una cueva misteriosa. El estadounidense volvió sin un brazo; el ruso, sin una pierna. El checo regresó intacto. ¿Su secreto? Se sentó con el peligro de la cueva y le contó detalladamente cómo siempre les gana a los rusos y a los estadounidenses en los chistes. El peligro murió de risa.

Incluso frente a la mismísima Muerte cuando esta los reta a darle una tarea imposible para salvar sus vidas, los demás se complican. El estadounidense pide crear un ejército de diez mil millones de hombres y el ruso pide plantar árboles por todo el planeta; tareas fáciles para la Parca. El checo, en cambio, se tira un pedo, mira a la Muerte y le dice: «¡Atrápalo!». Esa misma irreverencia la aplican si un comandante enemigo promete liberarlos si no logra cumplir su último deseo: tras ver al ruso pedir un tanque de oro y al estadounidense un avión de oro, el checo se tirará otro pedo y rematará: «¡A por él, pero este me lo bañas en oro!».

El veredicto del optimista

Dicen las malas lenguas que hay una diferencia muy clara en Europa Central: el optimista aprende inglés; el pesimista, ruso; el realista aprende a disparar… y el checo típico simplemente busca los papeles para emigrar (o para irse de vacaciones).

Es cierto que a veces pecan de cínicos. Cuentan que cuando le quejaron a San Pedro de por qué no para de llover en su país, el santo buscó en su libro celestial y les dijo: «El Gobierno lo ha vuelto a estropear todo, tiren de la cadena correctamente al menos tres veces al día». Pero incluso con el agua al cuello, el checo viaja feliz.

Así que, si este verano ve a un turista presumiendo ante un checo de que tiene un terreno tan grande que no puede recorrerlo en coche en un solo día, no se extrañe si escucha al checo contestarle con un suspiro de simpatía: «Te entiendo, hermano… yo también tengo un coche que es una chatarra así».

Buen viaje a todos, y ya lo saben: si se cruzan con un checo, mantengan sus tenedores a mano.

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