Artículo 3: Venezuela: ciclos de poder, transición y repetición histórica
Si Chequia puede leerse a través del número ocho, Venezuela se entiende mejor desde la lógica del cuatro y del ciclo largo. La historia política venezolana no avanza por rupturas abruptas, sino por procesos que se repiten cada 35 o 40 años, marcados por el ascenso y declive de proyectos de poder que reorganizan la sociedad desde arriba.
El primer gran ciclo se inició tras la independencia, con José Antonio Páez (1821–1845). El segundo emergió tras la Guerra Federal con Guzmán Blanco, quien modernizó el Estado bajo una lógica centralista. El tercero fue el ciclo andino, dominado por Juan Vicente Gómez, que se extendió hasta su muerte en 1935. Cada uno de estos períodos generó nuevas élites y redefinió las relaciones entre Estado, sociedad y economía.
El cuarto ciclo comenzó en 1958 con el fin de la dictadura de Pérez Jiménez y la instauración de la democracia representativa. Durante cuarenta años, Venezuela vivió su etapa de mayor estabilidad institucional y desarrollo económico, con Acción Democrática como eje central del sistema político. Fue también el único momento en el que el país contó con un verdadero proyecto nacional de desarrollo, impulsado por Rómulo Betancourt y plasmado en la idea de Venezuela, política y petróleo.
El quinto ciclo se inició en 1998 con la llegada de Hugo Chávez al poder. Veintisiete años después, este proceso muestra signos claros de agotamiento y transición. El PSUV intenta consolidarse como fuerza hegemónica, ocupando el espacio histórico que dejó Acción Democrática, pero sin una élite intelectual comparable ni una visión estratégica de largo plazo.
En este contexto, figuras políticas como Henrique Capriles y otros actores de centro pueden jugar un papel clave en la transición. La historia venezolana demuestra que las posturas extremas tienden a desaparecer o a moderarse cuando un ciclo entra en su fase final. El sistema se reacomoda, surgen nuevos liderazgos y se redefine el equilibrio de poder.
Venezuela se encuentra hoy en ese punto exacto: el final de un ciclo y el inicio incierto de otro. Como en el pasado, el cambio no será inmediato ni limpio, sino gradual y conflictivo.
Epílogo común
Chequia y Venezuela, pese a sus diferencias geográficas y culturales, comparten una misma lógica histórica: la repetición de ciclos. Los números no dictan el destino, pero ayudan a identificar patrones. Revelan que las sociedades no avanzan en línea recta, sino en espirales, entre rupturas y continuidades.
En el cambio de milenio, ambos países enfrentan la misma pregunta fundamental:
¿estamos cerrando un ciclo o apenas entrando en uno nuevo?
